“Your suicide happened the moment society made you feel ugly and you believed it” (R. M. Drake)
(Tu suicidio ocurrió el momento en que la sociedad te hizo sentir fex y lo creíste)
Hay una presión constante y asfixiante sobre mi cuerpo, mi cuerpo de mujer.
En todos lados, en cualquier medio de comunicación, a mi cuerpo de mujer se le exige que alcance un estándar que es, mínimamente, ilusorio. Se le pide a mi cuerpo de mujer que no sea como es: se le pide que sea otro. Ese otro cuerpo que nos venden, que me venden. Que me obligan a comprar cuando me voy a probar un jean o alguna remera. Ese otro cuerpo "perfecto", liso, esbelto, sin esos molestos defectos: la celulitis, las estrías, los rollos, la estatura demasiado alta o demasiado corta. Ese otro cuerpo que no es el mío, que no es mi cuerpo de mujer.
Mi cuerpo de mujer no es perfecto, claro está. Pero es humano, es mío, y es único. Y puedo intentar amarlo, pero siempre va a estar lejos del cuerpo que la sociedad ama. Porque ahí donde yo intento aceptarlo, la sociedad me dice: es defectuoso. Ahí donde yo intento cuidarlo sanamente, la sociedad me dice: no alcanza. Ahí donde yo intento encontrarle belleza, la sociedad me dice: te sobra de acá, te falta de allá.
Y entonces ocurre ese suicidio, esa muerte del amor al propio cuerpo, de insatisfacción y frustración.
No quiero vivir intentando adaptar mi cuerpo de mujer al cuerpo perfecto e irreal que me quieren vender. Y es difícil, muy difícil, porque esa presión no deja nunca de violentar y machacar mi cuerpo. Pero quiero intentarlo, y sonreír, y decir: este es mi cuerpo, libre. Esta soy yo, libre.
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